
En estos días el Estado de Israel celebra los 60 años de su fundación, alcanzando un desarrollo tecnológico, agrícola, industrial y económico sin precedentes, en tan corto periodo de tiempo, dentro de un marco de Democracia Parlamentaria.
Su población, de siete millones de habitantes, posee el mayor índice de alfabetización en todo Oriente Medio, tiene una renta per capita de 26.200 USD, y un PIB que ocupa el lugar trigésimo octavo entre las economías del mundo.
Sus logros de desarrollo y bienestar contrastan bruscamente con el hecho de que la cuarta parte de su población vive en la pobreza.
La sociedad Israelí está fragmentada, no solamente porque su población es consecuencia de estar constituida por personas de 70 países de origen distinto, sino también por la falta de respeto entre las distintas comunidades culturales que la componen que no han sido favorecidas para establecer canales de dialogo adecuados.
Un factor unificador de la identidad común israelí está basada en la territorialidad mítica de su pasado bíblico, otro factor es el enemigo común externo que siempre ha perseguido a los judíos en la diáspora: Los “Goim”: (todos los no judíos) y en el presente los palestinos que disputan la tierra que les pertenece y que a su vez se les niega.
La identidad Israelí pretende consolidarse a través de una educación militar nacionalista férrea, en la que sus jóvenes invierten tres años de su vida, fortaleciendo la idea de supervivencia solo desde el poder militar y, de esta forma, se insiste en la continuidad del enfrentamiento palestino israelí y no en su resolución.
¿Cuánto dinero invierte el Estado de Israel en educación para conocer al “enemigo” con el cual convive, para desarrollar la tolerancia y el diálogo intercultural, para que su Ejército y sus políticos respeten los Derechos Humanos y el Derecho Internacional y para que su población encamine sus pensamientos y acciones hacia la Paz y el entendimiento con el vecino y no hacia la confrontación?
El desarrollo económico y de bienestar contrasta con el incumplimiento de las resoluciones condenatorias de la ONU, con el bloqueo que afecta a un millón y medio de habitantes en Gaza, condenándoles a una muerte lenta y segura, negando nuevamente el derecho a la existencia del otro, a pesar de Annapolis.
El desarrollo económico y de bienestar contrasta, también, con la negación y tergiversación de la historia que han sido una constante por parte de Israel hasta el presente, en detrimento del pueblo palestino, demostrando sus Gobiernos que no existe un deseo real y auténtico de paz que brinde una salida justa al Conflicto palestino-israelí, sino simplemente mostrando ante el mundo “que queremos cambiar, sin cambiar nada”.
El proceso de paz que se quiso gestar desde Annapolis, con la desprestigiada mediación de la Administración Bush como patrocinadora, ha dinamitado cualquier esperanza de paz para ambos pueblos.
Cuando el Presidente Bush visite Israel la semana entrante con motivo de la celebración del 60 aniversario de la creación de Israel, quizás algunos incautos aún puedan esperar un milagro, pero en la realidad sobre el terreno no ha habido ni hay vocación de encauzar definitivamente hacia la paz el proceso de Annapolis.
Según recientes declaraciones al periódico “El País”, el historiador Benvenisti ex-vicealcalde de Jerusalén dijo: “El mundo está sobornando a los palestinos con miles de millones de dólares para mantener la ilusión de un proceso de paz. La Autoridad Palestina no existe, son una banda de ladrones. Y el Estado de Israel se fundamenta en la superioridad sobre los inferiores aplicando un régimen de apartheid”.
El 14 de Mayo, un día antes de la fecha límite en la cual expiraba el mandato británico en Palestina se crea, de forma unilateral, el Estado de Israel y, al día siguiente, cinco países árabes vecinos rechazan su fundación y declaran la guerra al nuevo estado, la cual tiene una duración de 15 meses, con treguas intermitentes arbitradas por la ONU.
Como consecuencia de la guerra, Israel se apodera del 26 por ciento del territorio correspondiente que dejaba el mandato Británico, produciéndose la eliminación de 500 aldeas árabes-palestinas y la expulsión de sus habitantes (estimados en 700.000 personas), lo que se conoce como el Naqba (catástrofe para los palestinos) originándose el grave problema de los refugiados palestinos que se exilian en Jordania, Líbano y Siria.
Asimismo una cantidad notable de palestinos son desplazados por la fuerza a Gaza y la antigua Transjordania, engrosando las filas de los campos de refugiados.
No podemos olvidar que un número significativo de judíos que quedaron en territorio árabe fueron igualmente expulsados, incluidas algunas comunidades judías establecidas en Palestina desde antiguo, entre las que sobresale la de Jerusalem Este. Durante la década siguiente aproximadamente 600.000 judíos orientales, una cifra equivalente a la de refugiados palestinos, huyeron o fueron expulsados de países árabes.
La negación de un hecho, como fenómeno psicológico, es un mecanismo de defensa que utilizamos los humanos para no asumir nuestras responsabilidades, malestares y obligaciones, lo que origina generalmente un deterioro progresivo en el individuo y una alteración profunda en las relaciones con el otro.
La negación, la proyección y la distorsión son uno de los mecanismos de defensa más patológicos que ha desarrollado la especie humana para no admitir sus responsabilidades.
El comportamiento político y humano de los distintos gobiernos israelíes niega la realidad histórica, ignorando los derechos del otro, justificando el régimen de apartheid que impera en Palestina y el bloqueo de Gaza.
El trasfondo de este comportamiento esta justificado por lo que el Holocausto supone en el inconsciente colectivo israelí y judío, y por la visión actual que se pretende generar en la opinión pública mundial de que todo palestino es un terrorista, excepto todo aquel que se encuentra dentro de la esfera de la ANP.
Israel fortalece su negación y se enroca en su bunker, utilizando la división palestina entre Fatah y Hamas para negar cualquier posibilidad de acuerdo global, a pesar de las dos treguas ofrecidas por Hamas con mediación egipcia. La exclusión de Hamas y Siria y las propuestas de paz de la Liga Árabe deberían ser tenidas en cuenta en la mesa de negociaciones, aunque no estemos de acuerdo con sus planteamientos. Fatah tampoco reconocía a Israel al principio de los contactos negociadores.
Israel podrá mirar con dignidad y sinceridad el futuro, solamente si es capaz de mirar el presente, no solamente basándose en sus dogmas ideológicos y religiosos, sino haciendo una autocrítica profunda de sus políticas actuales de paz.
Dotar de cantidades ingentes de dinero a los dirigentes de la ANP o hacer inversiones económicas en Cisjordania no es suficiente mientras se mantienen cientos de puestos de control en la Palestina ocupada, haciendo casi imposible la vida normal, mientras se incrementan las viviendas en los asentamientos y continúan las operaciones de represalia ante los ataques palestinos desde Gaza.
No podemos celebrar los 60 años si las negociaciones de Annapolis se traducen a “cero”, constituyéndose en una continuidad de la ocupación israelí, del muro, del bloqueo de Gaza y de todos los puestos de control que existen en los territorios palestinos ocupados.
Solamente podremos celebrarlo si se llega a una solución justa y duradera en los temas centrales (Jerusalén, Refugiados, Fronteras, Asentamientos, Estado Palestino), reparando todas las injusticias cometidas.

